miércoles, 9 de febrero de 2011

Seminario de Formación Teológica 2011

Marca de Cristo y Estigmas del Mundo


Por Marcelo Trejo*

Rostros situacionales y estigmas sociales

El abordaje “urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo” como exigencia para el discípulo-misionero, exige a la vez una necesaria búsqueda de categorías socio-políticas que permitan una interpretación razonable de la cuestión.
Obviar este requerimiento hermenéutico sería una sutil manera de “fuga de la realidad”. Sin una herramienta de comprensión sólo se mantiene una mirada analítica ingenua que termina plegándose a determinadas abordajes interesados en recortar la realidad estructuralmente histórica; o bien, tranquilizando las conciencias cristianas por la incorporación, en el documento de Aparecida, de otros nuevos rostros de pobreza y exclusión que suman a la ya demasiada larga lista de rostros de pobres y excluidos de las Conferencias anteriores.

Estigmatización, privilegio, poder y sacralidad

La construcción de estigmas (estigmatización) incluye el señalamiento de diferencias significativas entre categorías o grupos de personas con lo cual se define el estilo de inserción en la organización social.
Ahora bien, ¿quién define a tal o cual?, es la inmediata pregunta que se impone ¿Quiénes “pueden” estigmatizar? La respuesta es simple aunque no siempre obvia. La estigmatización es una acción y un proceso histórico social-cultural de “devaluación”, “desacreditación” y, por lo tanto de “expulsión solapada”, que sólo puede ejercerse desde los ámbitos de poder, cualquiera sean estos. Los estigmas sólo pueden provenir de “grupos hegemónicos”, fuertes en poder, en privilegio y defensores a ultranzas de su propio sistema habitual acomodado.

Más aún, estigmatizar no sólo es acorde a la habitualidad hegemónica: “siempre fue así”; sino también resulta necesario. Estigmatizando a tal o cual grupo - social, político, étnico, religioso, sexual, económico o familiar - se demuestra que el sistema es seguro y que bien vale la pena pertenecer dentro de ese modelo arbitrario.
Con la estigmatización, las hegemonías reafirman la autoestima grupal: “somos los mejores” y también la identidad social: “nosotros y los otros”. Mediante el estigma atribuido se conjura el mal: “le pasa a ellos, no a nosotros”, se preserva de los distintos: “es raro, no es normal”; y también se acentúa el poderío: “con nosotros o nada”. Un proceso que se realiza por medio de sistemas simbólicos - palabras, imágenes, prácticas, ritos, castigos, leyes, mitos, etc.- que configuran progresivamente imaginarios sociales deformantes de la realidad (cf. DAp. 45). Mono-culturalismos que propenden a naturalizar las diferencias históricas.

Estigmatizados sociales y marcados por Cristo.

Una dinámica estructural de exclusiones que se agrava si se le adhiere un estatus ideológico religioso. Eso mismo ya pasó en el tiempo de Jesús. La teología farisaica, que sostenía el sistema de pureza en torno al Templo de Jerusalén, generaba constantes ondas de expulsión.
Se trataba de un lugar donde se conjugaba religión, política, economía y sociedad mediante un razonamiento teológico circularmente cerrado: “quien es bendito por Dios posee riqueza y salud. Su condición de “agraciado” le permite rendir culto y ser aceptado en el templo. A su vez, su pertenencia al templo demuestra que es bendito, bien mirado por Dios y por ello agraciado; entonces las cualidades de salud y riqueza se hacen presentes. Contrariamente, quien es pobre y estigmatizado en su enfermedad está imposibilitado al culto porque alguna desagracia conlleva, luego ¿cómo puede ser bendito?, “es posible que él mismo o sus padres pecaron” (Jn 9, 2), luego su pobreza y enfermedad es sólo la expresión de su no bendición y por ello está excluido.

A la Teología del templo, con sus sistemas operativos, Jesús, el Hijo de Dios Crucificado, la ha abolido para siempre “rasgando el velo” que encubría la exclusión. El evangelio lo expresa de esta manera: “Llegado el mediodía, la oscuridad cubrió todo el país hasta las tres de la tarde… Jesús, dando un fuerte grito, expiró. En seguida la cortina que cerraba el santuario del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo” (Mc 15, 33-38).
Desde entonces ya no hay centralidad en templo alguno. La salvación se ha desmonopolizado, porque el Nazareno Crucificado ha Resucitado por el poder de Dios (Hech 4, 10) y sus “estigmas de marginado del sistema” (Mc 15, 16 ss) se convirtieron en “marcas de nueva vida y libertad”: “Pon aquí tu dedo y mira mis manos; extiende tu mano y métela en mi costado”. (Jn 20, 25-28). Una experiencia arrolladora de la Pascua que hizo pasar a “los miedosos fugitivos del viernes santo a ser testigos firmes del domingo de gloria” (Bruno Forte).

* Teólogo, Asesor permanente de la Coordinación Nacional del SFT. Extracto

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